12 ventajas (y 12 anécdotas) viajando solo

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Hace algunos años escribí sobre las razones para lanzarte a viajar mientras eras joven. Ahí mencionaba una costumbre muy arraigada en Latinoamérica y sobre todo en México: esa necedad de viajar acompañados a todos lados.

Piénsalo un momento: en vacaciones y salidas de fin de semana, tenemos por costumbre ir con alguien, ya sea pareja, amigos o familia. Si la alternativa es viajar solo, muchos deciden no ir a menos que sea viaje de trabajo.

Hace cuatro años viví una experiencia que cambió mi paradigma: estudiando en Barcelona, quería conocer otras ciudades. Le propuse a mis amigos acompañarme a Madrid un fin de semana pero me decían que no tenían dinero. Cuando llegó el dinero, no tenían tiempo y cuando existían ambas condiciones, no tenían ganas.

Concluí que si esperaba a que otros quisieran para poder vivir mi vida, no iba a vivirla nunca, así que decidí viajar por mi cuenta. Nunca lo había hecho y el miedo estaba ahí presente. Enfrentarse a lo desconocido siempre genera dudas.

Sin embargo, viajar solo ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Descubrí muchas ventajas y beneficios de esta experiencia, como las siguientes:

  1. Te ayuda a tener en orden tus pensamientos, ya que eres tu única compañía.
  2. Permite cuidarte y procurarte: vas a los lugares que quieres, compras lo que deseas y comes donde quieras.
  3. Dejas atrás el juego de roles: el esposo, el amigo, el hijo. En vez de eso, eres solamente tú y puedes actuar libremente.
  4. Al dejar el círculo de confianza y la zona de confort, estás más abierto a socializar con otras personas.
  5. Irremediablemente gastas menos, especialmente en hospedaje, transporte y comida.
  6. Descubres que no eres la única persona así y haces amigos que también se lanzaron solos de viaje.
  7. No estás sujeto a los tiempos de los demás, sino a los tuyos. Te levantas cuando quieras y sales a la hora que te apetezca. Eres libre de cambiar tu plan.
  8. Vives un momento de intimidad contigo y aprendes más sobre lo que estás dispuesto o no a aceptar.
  9. Toda la gente a la que le caigas bien decidirá eso porque eres simplemente tú, no por tu trabajo, dinero o contactos.
  10. Puedes regresar a la hora que quieras, lo cual permite unas caminatas nocturnas fascinantes.
  11. Cuando regresas a casa, ese miedo a la soledad se fue, porque descubriste que puedes vivir contigo mismo.
  12. Desarrollarás un interés por planear tu siguiente viaje.

A su vez, me llenó de experiencias enriquecedoras que valen la pena contarse, por mencionar algunas:

  1. Hay dos formas de llegar a la Alhambra de Granada: una en bus por un sendero y otro por una escalinata vieja y abandonada a espaldas del lugar. Elegí la segunda e hice ejercicio. De regreso, también por ese camino, me saltó una serpiente y quedó a unos pocos centímetros de mi pierna. Después de huir, me di cuenta de que si moría nadie sabría dónde estaba y ahí terminaría mi historia. Siento que a partir de ese momento vivo con el tiempo prestado.
  2. En Roma llegué a la Plaza de San Pedro sin conocer a nadie, esperando entrar a los museos. En la fila estaba una chica inglesa de unos 20 años y un matrimonio estadounidense que andaba por los 50. Les pedí información y platicamos durante toda la fila. Al final nos tomamos una foto antes de entrar. Todavía tengo esa foto.
  3. También a esa ciudad llegué buscando obras de Miguel Ángel, particularmente el Moisés. No sabía dónde encontrarlo y las guías no daban información. Un chico argentino que se sentó a mi lado a desayunar en el hostal me contó de una basílica pequeña frente al Coliseo a la que se podía llegar en metro. Ahí se encontraba y no cobraban la entrada.
  4. El día que llegué a Barcelona me sentí apabullado por toda la experiencia: una ciudad en la que estaba completamente solo. Encontré mi departamento y me tiré a dormir. Tardé 2 días en hacer mi primeros dos amigos, mexicanos que se habían mudado también. A la semana estaba con un grupo de unas 10 personas bailando salsa en un bar del centro.
  5. Madrid en febrero es frío. Aún así me lancé. Un chico alemán que fue mi becario en México ahora daba clases de alemán a españoles y me recibió en su departamento. Nos pusimos al día y me llevó a un evento donde gente de todo el mundo se ve en un bar para convivir. Regresé 5 meses después a la ciudad y el calor era insoportable, pero quería visitar el Museo del Prado. En febrero visité el Reina Sofía y quedé maravillado con el Guernica, de Picasso.
  6. Londres un domingo en la noche está muerto, pero es ideal para salir a caminar por sus calles tan limpias e iluminadas que parecían sets de cine. Caminé de SoHo al Támesis y la catedral de San Pablo se veía imponente. Encontré una librería abierta y me llevé algunos libros. A las 10 de la noche pagué menos de la mitad en el metro de lo que cobran en hora pico.
  7. Dediqué un día completo de mi viaje a París a recorrer el Louvre. Es la joya de la corona de todo amante de los museos. Más que las obras “rockstars” del museo como la Gioconda o la Venus de Milo, me clavé con su área de civilizaciones antiguas y las estatuas. Salí muerto de hambre.
  8. En Sevilla el calor es insoportable en verano y estuve a punto de desmayarme por insolación. Al caer la tarde inicia la vida social y un grupo de mochileros me invitaron a recorrer el centro. Me les uní un rato pero dejé al grupo para tomarme una caña de cerveza en el bar al lado del Metropol Parasol y me fui caminando a la Plaza España. En la noche tenía los palacios solo para mí.
  9. En Berlín la zona de oriental (que era comunista) es un poco más pobre que la otra mitad de la ciudad. Esto no debería importar a menos que te pierdas de noche sin saber alemán como a mí. Afortunadamente el mapa de viaje me ayudó a viajar de un lado a otro sin pagar pasaje (no te lo revisan).
  10. Florencia es tan pequeña y tranquila que uno pensaría en ella como un lugar para irse a vivir en sus años de retiro, pero yo fui a buscar el David de Miguel Ángel. Después de 2 horas de fila en la Galería de la Academia, lo pude ver, gigantesco y majestuoso, pero no dejaban tomarle fotos, no porque se dañara (es de mármol) sino para vender postales y libros a la salida, así que me fui a una esquina, saqué el ipod y comencé a tomarme selfies con el David detrás de mí. Sería el recuerdo que me llevaría de esa ciudad además de su pizza.
  11. Llegar a Nueva York después de un vuelo transoceánico desde Londres para recorrerlo una semana se antojaba tentador. Estaba lleno de energía y en cuanto dejé las maletas en el hotel, me fui a central park… y me pegó el jet lag. Me sentía cansado y a punto de dormir, pero preferí recorrer el parque, ir a cenar al upper west side y en la noche ver Times Square antes de regresar y caer dormido. En vez de comprar regalos, preferí ir al MoMA y probar las pizzas de Little Italy, la comida de Chinatown, los pretzels y hot dogs de carrito, las hamburguesas de allá y acercarme a la Estatua de la Libertad.
  12. Hace un par de semanas volví a viajar solo después de terminar una relación. Mi familia me puso cara de “estás loco” pero renté una casa en AirBNB y me lancé a Taxco. Me tocaron las celebraciones de un santo de alguna de las iglesias, con toritos llenos de fuegos artificiales. Subí a uno de los restaurantes con vista a Santa Prisca y me pedí una pizza y una cerveza solo para mí, para contemplar el atardecer y las fiestas. También subí a pie la montaña para llegar al Cristo del Mirador. Desde ahí la ciudad se veía hermosa pero acabé bañado en sudor y con las piernas hechas pedazos. La dueña de la casa de AirBNB es de mi edad y platicamos de muchas cosas, pues resulta que andábamos en la misma etapa de nuestras vidas. Me fui pero hice una amiga.

Así que viajar solo tiene sus ventajas. Sobre todo, ayuda a descubrir lo que uno es capaz de hacer y liberarse de ataduras. Ayuda a simplemente dedicarse a vivir.

RP, publicista, dibujante, aprendiz de escritor, bloguero ocasional, devorador de libros y fan de la música. Siempre en busca de historias que contar.

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